Esta definición tiene algo de fulminante. Patanjali no define el yoga como una serie de posturas, técnicas respiratorias o filosofías. Lo define como un estado de consciencia: aquel en el que las fluctuaciones mentales cesan. No hay nada que añadir. Hay algo que cesa.
Tolle dice lo mismo (sin usar sánscrito)
En el vídeo que acompaña este artículo, Eckhart Tolle describe exactamente el mismo territorio que Patanjali cartografió hace milenios, usando un lenguaje contemporáneo y accesible.
Tolle nos recuerda que existimos en dos dimensiones simultáneas:
Cuando opera el pensamiento, existimos como persona: un cuerpo físico con una forma psicológica, una historia personal que arrastramos y un futuro que proyectamos. Vivimos en el tiempo. Tolle usa una imagen potente: estamos en "un tren que va a toda velocidad", siendo "consumidos por el fuego del tiempo".
Cuando el pensamiento cesa, emerge algo más profundo. No desaparecemos —seguimos existiendo como forma humana— pero descubrimos que también somos otra cosa: presencia consciente, lo que Tolle describe como "un rayo que emana de la fuente". En ese estado, el tiempo desaparece. Solo existe el momento presente. Y aunque el tiempo parezca consumirnos, descubrimos que siempre, invariablemente, estamos en el ahora.
Es exactamente lo que Patanjali describió: cuando cesan las fluctuaciones (nirodha), el Observador (draṣṭṛ) reposa en su propia naturaleza (svarūpe'vasthānam).
El despertar, tanto para Patanjali como para Tolle, no es la adquisición de algo nuevo, sino el reconocimiento de lo que siempre estuvo presente pero velado por la actividad mental incesante. Es como un lago cuya superficie agitada impide ver el fondo; cuando el agua se calma, el fondo se revela sin haber cambiado en absoluto.
La Advertencia de Sócrates que Sigue Despertando Conciencia - Eckhart Tolle
La pregunta que Reich haría a ambos
Aquí es donde entra la perspectiva del BioYoga con una pregunta incómoda que Wilhelm Reich —el padre de la psicología somática— habría planteado tanto a Patanjali como a Tolle:
"¿Y cómo van a cesar las fluctuaciones mentales si el diafragma está crónicamente contraído, la pelvis retrovertida, los hombros elevados defensivamente, y la respiración es superficial?"
Esta pregunta no invalida lo que dicen Patanjali o Tolle. Lo completa con una pieza que falta.
Lo que Reich y su discípulo Alexander Lowen descubrieron es que cada fluctuación mental tiene un correlato corporal. Cada pensamiento ansioso genera una contracción muscular específica. Cada recuerdo doloroso activa patrones posturales defensivos. Cada fantasía de futuro altera el ritmo respiratorio.
Y aquí viene el descubrimiento crucial: cuando estos patrones se repiten suficientes veces, se cristalizan en el cuerpo como tensión crónica. Reich lo llamó "coraza muscular" o "coraza caracterial". No es una metáfora: es tejido muscular crónicamente contraído que ya ni siquiera percibimos.
Desde la perspectiva del BioYoga, la coraza muscular es vṛtti cristalizado. Es fluctuación mental convertida en estructura corporal.
Por eso la mente que fluctúa no es solo una mente que piensa mucho. Es un organismo que no puede descansar en sí mismo.
El obstáculo invisible
Hay algo particularmente insidioso en este proceso: la habituación.
Reich observó que las tensiones crónicas se vuelven invisibles para quien las porta. El niño que contrae repetidamente ciertos músculos para contener emociones no permitidas (rabia, miedo, tristeza) termina por no sentir esas contracciones. Lo que era defensa consciente se convierte en estructura inconsciente.
Reich lo llamó "anestesia afectiva": no solo no sentimos las tensiones, sino que perdemos la capacidad de sentir las emociones asociadas a ellas. La contracción se vuelve "normal". Peor aún: la relajación genuina puede sentirse como peligrosa o extraña.
Esto tiene una implicación práctica devastadora para la meditación y cualquier práctica contemplativa: no puedes "aquietar la mente" por decreto cuando el cuerpo está gritando alarma a través de tensiones crónicas que ni siquiera percibes.
Es lo que en el lenguaje del yoga se llamaría avidyā (ignorancia fundamental), pero en su dimensión somática: no vemos lo que nuestro propio cuerpo está haciendo.
Lo que el yoga moderno a menudo olvida
Aquí hay una observación incómoda: el yoga postural moderno, tal como se practica mayoritariamente, puede funcionar como refuerzo de la coraza caracterial en lugar de su disolución.
La persona con tendencia a "salirse del cuerpo" puede usar la práctica para alcanzar estados alterados sin haber habitado jamás el cuerpo ordinario. El perfeccionista puede convertir el āsana en performance, añadiendo tensión donde debería haber soltura. Quien tiene un patrón de aguante puede usar la incomodidad de las posturas como gratificación sutil de su patrón de sufrimiento.
La postura física por sí sola no garantiza nada. Lo que importa es cómo se habita esa postura.
La Postura de Espera: un vehículo somático hacia el presente
Es aquí donde cobra sentido la práctica que en BioYoga llamamos Postura de Espera.
No es una postura espectacular. No requiere flexibilidad ni fuerza particular. Es, en cierto sentido, la postura más simple: estar de pie, con los pies al ancho de las caderas, peso equilibrado, sin hacer nada especial.
Pero precisamente en esa simplicidad reside su potencia diagnóstica y transformadora.
Cuando te colocas en Postura de Espera y simplemente permaneces ahí, sin agenda, sin intentar lograr nada, empiezas a percibir lo que tu cuerpo hace automáticamente. Las tensiones que mantienes sin saberlo. Los patrones posturales que se activan sin tu permiso. La respiración que no fluye donde debería.
Y también empiezas a percibir los momentos —quizás breves al principio— en que esas tensiones ceden. Momentos de lo que podríamos llamar mente sin agitación habitando un cuerpo sin tensiones crónicas.
Ese es el estado que Patanjali describe como svarūpe'vasthānam —el Observador reposando en su propia naturaleza— pero ahora no como concepto filosófico sino como experiencia somática verificable.
La paradoja del tiempo en el cuerpo
Tolle señala algo extraordinario en el vídeo: aunque el tiempo parece consumir nuestra vida, nunca experimentamos el tiempo excepto como pensamiento. Todo nuestro pasado vive como pensamiento. Todo nuestro futuro —que son proyecciones del pasado— vive como pensamiento. Si eliminamos el pensamiento y simplemente somos conscientes, el tiempo desaparece.
Desde la perspectiva somática, podemos añadir: el cuerpo tenso es tiempo cristalizado. Cada contracción crónica es un fragmento de pasado —un momento de defensa que nunca terminó de completarse— viviendo en el presente como estructura muscular.
Cuando esas tensiones se disuelven, no solo cesa la fluctuación mental: cesa también la presencia somática del pasado en el presente. El cuerpo deja de ser un museo de traumas antiguos y se convierte en un organismo disponible para lo que está sucediendo ahora.
Una invitación práctica
La próxima vez que practiques, te invito a explorar esto directamente:
- Colócate en Postura de Espera. Pies al ancho de caderas. Brazos sueltos a los lados. Sin hacer nada especial.
- Y simplemente espera.
- No intentes relajarte. No intentes "estar presente". No intentes nada.
- Solo observa qué hace tu cuerpo cuando no le pides que haga nada.
- Observa las tensiones que aparecen. Observa la respiración que se modifica sola. Observa los pensamientos que vienen y van.
- Y observa también los momentos —quizás fugaces— en que todo eso cede. Momentos en que no hay nada que hacer, nada que defender, nada que proyectar.
En esos momentos, pregúntate:
¿No desaparece el tiempo? ¿No cesa la narrativa personal? ¿No emerge algo más profundo que la persona?
Eso que emerge es lo que Patanjali llamó Puruṣa, lo que Tolle llama presencia consciente, lo que en BioYoga nombramos como el estado que la Postura de Espera hace posible.
No es algo que debas crear. Es algo que se revela cuando lo que lo oculta —la fluctuación mental y su correlato somático— cesa.
Suso Salgado
Centro de Yoga Solar Ananda· Centro Ágora
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